Saturday, October 2, 2021

Crónicas volcánicas

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Sábado, 2 de octubre de 2021

Javier Salas

La ciencia de la semana

/ Samuel Sánchez

¡Saludos! Bienvenidos al boletín de Materia. Soy Javier Salas de nuevo, tras dos semanas escribiendo nonstop sobre el volcán de La Palma, una de ellas allí, desayunando con sus rugidos y cenando su ceniza. En EL PAÍS hemos hecho un gran esfuerzo por contar lo que pasa: han sido días muy difíciles para todos, sobre todo los damnificados por la lava, y se ha demostrado una vez más la importancia, por si quedaban dudas, de invertir en ciencia y en quienes la hacen, porque mejoran la vida de la gente. Por todo, este boletín va a ser un poco especial: una crónica personal con los zapatos llenos de picón.

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🌋 Crónicas volcánicas

"Ahí está mi casa, en el barrio que han confinado", nos dijo inquieto el camarero, pero con media sonrisa, tras tomar nota de la comanda. Solo veinte minutos después, tras servir la pizza diavola, corría hacia su furgoneta y arrancaba angustiado carretera abajo, entre el ruido de docenas de sirenas. La orden había cambiado: de confinar a evacuar. La explosividad de la erupción se había disparado y los vecinos de Tajuya debían abandonar sus casas. En el restaurante, tras la barra, su compañera rompía a llorar.

Así vi por primera vez el volcán.

Así vi por primera vez el volcán. / J. S.

Más allá de los selfis, el dato científico y la lengua luminosa, una erupción es esto: la angustia, el miedo, la incertidumbre permanente. Muchos se han quedado sin casa y muchos otros no saben si mañana será su turno. Esto sucedía a más de tres kilómetros del volcán, en El Paso, afortunadamente lejos del camino de las coladas de lava. Pero aun así, aquel miércoles 24, el volcán volvió a demostrar por qué no se puede bajar la guardia. Yo estaba terminando de teclear un reportaje en las dependencias municipales que hay bajo la parroquia de Tajuya, donde muchas teles hacían sus conexiones por la buena visibilidad, cuando empezaron a retumbar los ventanales. El sitio me gustaba porque, además de ver con claridad el cono eruptivo, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) tiene justo ahí su cuartel y puedo asaltarles como paparazzi a la puerta de una discoteca de moda. Pero era casi imposible concentrarse para escribir: las explosiones eran violentas, constantes, in crescendo, como si una turba aporreara con fuera la cristalera.

Aquí puedes ver un vídeo que publiqué ese mediodía, cuando la fuerza de las detonaciones comenzó a asustarnos. Se puede ver la onda expansiva saliendo del cráter hasta golpear los cristales. Pues bien: esa fue de las flojitas.

En el mismo instante en que envié mi texto a Madrid, llegaron tres agentes de la Guardia Civil bastante acelerados: "O se meten en casa o hay que irse, porque va a más". Subimos en el coche y acabamos en esa pizzería de El Paso. Más tarde, se abrieron dos nuevas bocas eruptivas que, sumadas a la explosividad, hicieron temer una fractura en el cono que pudiera producir un peligrosísimo derrumbe del edificio volcánico. Por eso se evacuó. La situación fue muy tensa. 

La colada vista por la Agencia Espacial Europea.

La colada vista por la Agencia Espacial Europea. / ESA

Y, sin embargo, eso es lo normal. "¿Lo normal para quién?", me preguntan. Para un volcán canario, claro. Para el camarero que corre asustado a desalojar su casa es uno de los peores días de su vida. El 8% de los palmeros vive con algo peor que esa angustia. Como me dijo el responsable de vigilancia volcánica en la isla, Stavros Meletlidis:

"Hay que entender que cuando trabajas en esto hay un componente social muy importante. No solamente las decisiones que tú tomas, o las recomendaciones que puedas hacer: la gente tiene miedo y te quiere ver. Te quiere escuchar y que se lo expliques".

Estos días he hablado con muchos especialistas y no dejan de repetirlo: la erupción de La Palma se ciñe al guión de lo esperable. Bocas que se abren y cierran en torno a la misma fractura, un cono que toma protagonismo, coladas que ganan y pierden efusividad, derrumbes del cráter. Como si vas al cine a ver una peli de miedo: sabes lo que te vas a encontrar, pero eso no te evita los sustos. Por suerte, hay muchas personas muy preparadas sobre el terreno, con toda la instrumentación necesaria, para evitar que la parte imprevisible del fenómeno se transforme en tragedia. Cuando el volcán asomó por Cabeza de Vaca el domingo 19 —han pasado siglos desde que publiqué que había riesgo de erupción—, ya se había dado la orden de evacuar a las personas con movilidad reducida.

Por allí está el volcán, dormido, me indicaba el agente. El acantilado de la derecha ahora es una lengua de tierra volcánica ganada al mar.

Por allí está el volcán, dormido, me indicaba el agente. El acantilado de la derecha ahora es una lengua de tierra volcánica ganada al mar. / J. S.

La colada de lava llegó al mar el martes 28 casi a medianoche, pero doce horas antes algunos pensaron que el volcán se había apagado de pronto. Por primera vez desde que comenzó la erupción, no salía ni un mínimo hilo de humo del cono. Lo sé porque en ese momento estaba justo donde ahora hay una fajana de un kilómetro de ancho. Embarqué en el buque científico Ramón Margalef, que se apresuraba a tomar todas las medidas posibles, del fondo y del agua, antes de que llegara la colada. Y desde allí no se veía ninguna actividad del volcán, como muestra la foto. Pero de pronto se reactivó con fuerza, comenzó a brotar lava muy líquida y caliente sobre el camino magmático previo y alcanzó el agua: donde vi un acantilado, ahora hay 30 hectáreas que España le ha ganado al mar de golpe.

Los vulcanólogos se quejaban de nuestra insistencia —cuando los periodistas cogemos una vereda...— en saber cuándo llegaría la lava al océano. Preocupaba, con razón, la emisión de gases tóxicos con el contacto de la lava y el agua marina. Pero algunos pensaban que esa conexión entre el cráter y el volcán haría su magia, se crearía un cauce fijo y la lava ya no causaría nuevos estragos. "Ojalá", me respondieron los vulcanólogos a los que consulté, pero no merecía la pena apostar por ello. Al día siguiente, surgía una nueva boca y nuevos ríos de lava que tumbaron otras casas. 

Al salir del hotel una de esas mañanas, creí escuchar un avión aterrizando, pero el aeropuerto estaba cerrado. Miré por encima de las cumbres, donde a más de 15 kilómetros en línea recta se encuentra el volcán, y volví a escuchar ese rugido, rítmico, grave, constante, como su hubiera un dragón roncando sobre la montaña. Crucé la mirada con una turista, que se había quedado tan de piedra como yo, los dos con el vello de punta. Más tarde, nos explicaron que el viento arrastra el ronroneo del volcán a grandes distancias, pero la sensación fue sobrecogedora, y eso que lo había visto mucho más de cerca cada noche. Porque el magma se mete en la vida de la gente lejos del cráter. La ceniza volcánica llueve por toda la isla, en función de los alisios, y no puedes pararte en una terraza a desayunar sin que el café se cubra con una capa de canela volcánica. Cuadrillas ciudadanas recogen toneladas de esta arena negra, llenando camiones, en la otra punta de La Palma, con la esperanza de que sirva para fertilizar futuras plantaciones. Que nazca algo de tanta desrucción.

El científico del IGME Raúl Pérez toma muestras de picón con la ayuda de la Unidad Militar de Emergencias.

El científico del IGME Raúl Pérez toma muestras de picón con la ayuda de la Unidad Militar de Emergencias. / UME

Los habitantes de la isla bonita viven apresados bajo el volcán, mientras docenas de científicos ponen todo su conocimiento, y las 24 horas del día, para tratar de protegerlos. Es emocionante cuando, en el puerto de Santa Cruz, los bomberos, soldados y otros cuerpos de emergencias que desembarcan reciben ovaciones de los viajeros que esperan su turno. Lo he vivido e impresiona, como las primeras tardes en las que salimos a aplaudir a los servicios públicos durante el confinamiento de la pandemia. Ojalá un aplauso similar para el batallón de especialistas del IGN, IGME, CSIC, Involcan, IEO, universidades, etc., que también se han desplegado sobre el terreno para salvar a la gente. En el día a día, los científicos notan ese cariño por parte de los palmeros, todos lo cuentan emocionados; pero nunca está de más solemnizar ese reconocimiento. La ciencia española cuida a la gente y viceversa. Que se note.

🧛🏼‍♂️ Lo que hacemos en las sombras

  • Ahora están en La Palma mis compañeros Nuño Domínguez y Manuel Ansede, sigan atentos a sus pantallas porque seguro que cuentan cosas interesantes desde las faldas del volcán.
  • Tienes hasta el 13 de octubre para apuntarte en el nuevo taller de periodismo científico que impartiremos mi jefa, Patricia Fernández de Lis, y yo mismo dentro de la Escuela de EL PAÍS. Habrá pandemias y volcanes, que se vea que la nuestra es una sección tranquila.
  • Espero que volvamos pronto con temazos musicales, espacio para otras historias fascinantes de la ciencia y nuestro universalmente aclamado Gabinete de Maravillas.

¿Nos ayudas? Reenvía este boletín a tus contactos o diles que se apunten aquí. Puedes escribirme con ideas, comentarios y sugerencias a javier@esmateria.com o a mi cuenta de Twitter: @javisalas

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